Marionetas tecnológicas y cuerpos modificados. Dos rutas concurrentes al cyborg.

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Texto publicado originalmente en la revista Literal

Creo que seres como yo tendemos a ponernos paranoicos
respecto de nuestros orígenes. A veces sospecho que no soy
quien creo ser, a veces creo que fallecí hace mucho tiempo
y alguien tomó mi cerebro y lo puso en este cuerpo, tal vez
nunca existió un yo real y soy completamente sintética…

                                      MAYOR MOTOKO KUSANAGI (Kusanagi Motoko),
Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995)

El cyborg es un organismo cibernético que combina elementos sintéticos y orgánicos. Es un ser que gracias a la tecnología es capaz de actos físicos y mentales prodigiosos.

El cyborg es un individuo que emplea la tecnología para recuperar parcialmente o compensar el uso de órganos o sentidos atrofiados o ausentes. Por tanto es un aspirante a la normalidad.

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El cyborg es cualquier persona que usa el lenguaje oral o escrito para comunicarse, emplea papel y pluma para ayudarse a memorizar o hacer cálculos, utiliza lentes, ha recibido alguna vacuna o tiene la piel tatuada.

Cualquiera de las anteriores definiciones del término cyborg puede ser correcta. Todo depende de donde establezcamos la frontera entre el ser y la herramienta, entre el uso de un objeto y su integración al cuerpo del usuario, entre la prótesis y el individuo, y entre la naturaleza y la tecnología. Por tanto el cyborg puede ser un engendro del futuro que nunca se materializará o bien todos podemos serlo y en ese caso el término se refi ere al homo sapiens tocado por la tecnología. Así mismo, el cyborg es la primera creación humana capaz de liberarse de los hilos del titiritero para determinar el curso de su propia vida. En cualquier caso la categoría de cyborg no es redundante sino que es una representación o una proyección de la condición del Hombre contemporáneo y es una herramienta para reflexionar en torno a las promesas y amenazas que implican nuestra relación incestuosa con la tecnología. Como escribió Donna Haraway en su indispensable Manifiesto Cyborg:

“Para finales del siglo XX, nuestro tiempo, un tiempo mítico, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo. El cyborg es nuestra ontología; nos da nuestra política. El cyborg es una imagen condensada tanto de la imaginación como de la realidad material, los dos centros unidos estructurando cualquier posibilidad de transformación histórica.”

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Ambiciones y delirios

Si algo caracteriza a nuestra especie es una peculiar capacidad para obsesionarnos con lo aparentemente irrealizable, con ir más allá de los límites físicos y mentales que nos impone la naturaleza y la sociedad. Por tanto, nos empecinamos en alterar la realidad o en transformarnos a nosotros mismos para poder volar o respirar bajo el agua. La tecnología surge como la aplicación del conocimiento y el uso de la experimentación para crear herramientas, métodos, sistemas, técnicas y mecanismos para controlar y adaptar el medio, y de esa forma satisfacer nuestras necesidades. Pero lejos de conformarnos con obtener alimentos, protegernos de los ambientes hostiles y erigir asentamientos seguros, la tecnología se convirtió muy pronto en el método más eficiente para ayudarnos a alcanzar nuestros sueños más ambiciosos y delirantes.

Uno de estos sueños ha sido dar vida a una entidad inanimada, al “materializar lo espiritual y espiritualizar a la materia”, como apunta Victoria Nelson.2 En leyendas, mitos, el arte y el entretenimiento popular, el hombre ha imaginado adquirir la habilidad de engendrar vida y de esa manera convertirse en un demiurgo a escala o por lo menos apropiarse del poder femenino de dar a luz. Otro sueño estrechamente vinculado con éste es el deseo de escapar al cruel destino de la carne: el dolor, la enfermedad, la vejez y la muerte. Esta es la obsesión que ha perseguido el hombre desde los orígenes de la civilización, por la cual se ha sometido a las dietas, tratamientos y procedimientos más excéntricos, con la esperanza de fortalecerse, embellecerse, volverse inmortal o ampliar su percepción –como por ejemplo mediante la práctica milenaria y ampliamente extendida de trepanar cráneos para extender los horizontes de la percepción.

Ambos sueños han inspirado dogmas religiosos y al mismo tiempo los dos han sido considerados transgresiones en contra de dios, tanto por usurpar el terreno de la creación como por insinuarse como formas de idolatría. En la actualidad el estigma religioso no ha desaparecido por completo y si bien hay centenares de científicos trabajando en la realización de ambos sueños mencionados, todavía hay quienes consideran este tipo de trabajo como una inminente agresión contra la naturaleza, ya que lo consideran una forma de pervertir el orden biológico.

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Independientemente de juicios morales y éticos, estos dos ideales han dado lugar a carreras tecnológicas que tienden a conducirnos al desarrollo de organismos cibernéticos o cyborgs, entidades que integran partes biológicas, producto de la evolución, y partes tecnológicas, producto del ingenio creativo. En la primera vertiente tenemos a todos los simulacros de seres animados, desde las marionetas, los automatones, los patos mecánicos, los robots y los androides hasta el Terminator. Mientras que la segunda corriente es la de todos los recursos y métodos a los que la humanidad ha recurrido con la esperanza de burlar a la muerte o por lo menos convertirse en superhombres. Así, por un lado tenemos objetos que parecen vivos e inteligentes y por el otro seres humanos extendidos, alterados o mejorados.

La historia real e imaginaria de esta carrera tecnológica ofrece una narrativa de las ilusiones y pesadillas tecnológicas de la humanidad, así como un debate permanente en torno a los efectos que tienen sobre la cultura las herramientas –desde la magia hasta la nanotecnología– que hemos tratado de usar para animar a la materia o para mejorar nuestro envase. Estas corrientes nos llevan por fuerza al estado de inquietud, casi esquizofrenia, que caracteriza nuestra relación con la tecnología y las máquinas: por un lado apreciamos sus aportaciones y la forma en que simplifican muchas de nuestras tareas, pero por otro nos intimidan por su amenaza al medio ambiente y por lo que percibimos como un proceso de deshumanización.

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Marionetas de nuestro ingenio

Consideremos inicialmente la manufactura de entidades inteligentes a partir de elementos no inteligentes, orgánicos o inorgánicos. Una gran cantidad de recursos se destinan al desarrollo de sistemas capaces de aprender, de convertirse en interlocutores racionales y eventualmente en entidades conscientes. Pero ante esta búsqueda frenética de ese instante de singularidad que cambiaría la historia de la humanidad si una máquina adquiere consciencia, debemos preguntarnos: ¿es la conciencia producto de la capacidad de llevar a cabo un alto número de operaciones matemáticas o se trata de un proceso completamente distinto?

Aparentemente la conciencia surge cuando los seres vivos desarrollan movilidad, y son capaces no únicamente de desplazarse sino de determinar su trayectoria. Esta cualidad hace que aparezcan entonces estrategias tanto de acecho como de escape. Poco a poco los seres móviles fueron desarrollando organismos sensores, inicialmente el olfato, después la visión y la audición. La evolución dio lugar al desarrollo del sistema nervioso central y el cerebro. Más tarde aparecen cerebros divididos en dos hemisferios con leves diferencias funcionales pero caracterizados porque el izquierdo es esencialmente analítico, verbal y lógico, y el derecho principalmente intuitivo, visual y holístico. Hay quienes especulan que la consciencia es precisamente el resultado de esta división cerebral.

El progreso en materia del poder computacional se ha incrementado de manera prodigiosa en las últimas décadas. El autor e inventor Ray Kurzweil ha pronosticado que para la segunda mitad del siglo XXI no se podrá diferenciar entre la inteligencia humana y la maquinal. El científico Marvin Minsky escribió: “De seguro, aún estamos lejos de ser capaces de crear máquinas que hagan todas las cosas que hace la gente. Pero esto solamente significa que necesitamos mejores teorías acerca de cómo funciona el pensamiento.”3 Mientras que el profesor de robótica Hans Moravec, famoso por su certeza de que en un futuro cercano la mente humana podrá ser transplantada a una computadora,4 anticipa que una máquina tendrá el potencial de cómputo equivalente al del cerebro humano para la segunda década de este siglo.

Si la conciencia en tanto que fenómeno cognitivo es sólo el resultado de complejos procesos de cómputo, podemos intuir que tarde o temprano habrá computadoras o inteligencias maquinales que adquieran la capacidad de reconocerse como sujetos y por tanto dejar de ser objetos. Ahora bien, a pesar de que el futuro de la computación se anuncia promisorio, por el momento estamos aún lejos de que las computadoras sean otra cosa que máquinas inanimadas que siguen instrucciones y cumplen programas creados por humanos. Hoy estamos rodeados de “agentes” maquinales (ya sean bots en sistemas computacionales o bien robots industriales, domésticos o militares) que toman decisiones y simulan entender las órdenes que reciben. Pero aún los más avanzados de ellos no son más que marionetas de alta tecnología. El tiempo de los replicantes, “Más humanos que el humano”, de Blade Runner o de los implacables terminators, parece aún lejano. Sin embargo, personajes de ficción como la Mayor Motoko, de la serie Ghost in the Shell —un cyborg sexy, implacable y depresivo—, han logrado poblar nuestras fantasías, moldear nuestra visión y expectativas de los usos de la tecnología y son puntos de referencia con los que juzgamos la condición humana en nuestra era. El temor y fascinación que provocan estos seres biomaquinales, herederos en gran medida de los monstruos góticos, ha generado incontables obras de ficción pero también ha dado lugar a ramas de la ciencia como la robótica (término acuñado por Isaac Asimov en 1941), la inteligencia artificial (John McCarthy, 1956) y la cibernética (Norbert Wiener, 1948), que prometen convertir en realidad, tarde o temprano, la idea de animar un simulacro humano y poblar la tierra con marionetas autónomas, capaces de resolver problemas nuevos y servirnos mejor, a un bajo costo.

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La máquina de carne

Podemos argumentar que la certeza de la mortalidad es lo que nos hace humanos. El conocimiento de que estamos condenados a envejecer y fallecer rige nuestros actos, nuestros miedos y la preocupación por dejar un legado póstumo. Este temor, así como la fragilidad inherente del cuerpo, llevó a las civilizaciones a imaginar hombres transformados, ya sea mediante símbolos –místicos, mágicos o religiosos– que supuestamente les concedían poderes por encima de sus semejantes o por cambios morfológicos que les ofrecían una ventaja sobre sus rivales. El arma y la armadura son expresiones evidentes de fragilidad de la piel y la necesidad de convertirnos en otra cosa para fortalecernos y hacer más daño a nuestro oponente. Por otra parte los jugadores profesionales de futbol americano han transformado sus cuerpos mediante severos regímenes de ejercicio de alto nivel, dosis de hormonas y testosterona, así como por el uso de una variedad de tecnologías de punta en materia de nutrición. En el caso del soldado como del futbolista la ciencia aplicada convierte a un individuo en un ser especializado para una tarea, el proceso puede o no ser reversible pero la transformación es indispensable para su quehacer y lo identifica con sus colegas y con el resto de la sociedad.

En la mayoría de los casos los cambios corporales practicados por civilizaciones tradicionales eran principalmente cosméticos y simbólicos –su expresión más universal son los tatuajes, las perforaciones y las cicatrices rituales. Sin embargo, estas inscripciones en la piel cargaban y en algunos casos aún cargan –como en las pandillas y otras sociedades secretas, místicas o criminales– un importante peso simbólico que afecta al individuo de forma real al transformarlo socialmente. En tiempos modernos las transformaciones corporales a menudo también son funcionales, como pueden ser los implantes cochleares, las prótesis inteligentes y los implantes cerebrales que permiten controlar dispositivos del mundo externo simplemente con el pensamiento.

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La mente en la nube

Cuando apareció Internet comenzamos a imaginarlo como una inmensa mente de colmena a la que podíamos acceder en cualquier momento y desde cualquier lugar, un inacabable depósito de información y entretenimiento que no nos permitiría nunca más estar solos, que prometía que siempre contaríamos con toda la información y los datos correctos sobre cualquier tema y que siempre estaríamos divertidos. Poco a poco esta ilusión se ha ido conformando como algo posible, inicialmente con el abaratamiento de las conexiones siempre disponibles a internet, la aparición de poderosos y versátiles buscadores o search engines y, más recientemente, con la proliferación de computadoras y teléfonos portátiles con acceso inalámbrico a la red, los cuales en cierta manera cumplen como sucedáneos del internet intercraneal. En cierta forma es posible imaginar la integración de la mente humana a una gigantesca red de comunicaciones, a una nube que permite el acceso

instantáneo a sistemas electrónicos de almacenamiento, ordenamiento, cálculo, procesamiento de información y comunicación con seres humanos y con programas semiautónomos a los que iremos relegando más y más responsabilidades.

Vivir conectados permanentemente a esta red, sumado a las drogas inteligentes –como neuro potenciadores y drogas nootrópicas–, la clonación, los tratamientos extremos de belleza, las prótesis que amenazan superar a nuestras extremidades, implica una transformación definitiva del hombre, un salto cualitativo a una nueva especie, algo que podríamos llamar una “evolución” dirigida hacia el homo cyborg u homo evolutis, como lo denomina Juan Enríquez, el presidente de la empresa de investigación e inversión en las ciencias de la vida, Biotechonomy, 5 quien anticipa que nuestra transformación en esta nueva especie: “…no será un evento deliberado y programado. Sino que involucrará una rápida acumulación de mejoras pequeñas y útiles que eventualmente tornarán al homo sapiens en un nuevo homínido”.

Es claro que las generaciones venideras tendrán la posibilidad de rediseñarse en una variedad de sentidos. Tan sólo quedarán por saberse tres cosas:

1. ¿Veremos con nuestros propios ojos (naturales) el surgimiento de una sociedad de seres mejorados?

2. ¿Qué será de aquellos que queden del otro lado del abismo tecnoeconómico de esta evolución?

3. ¿Qué harán estas marionetas tecnológicas liberadas con aquellos que solían controlar los hilos de su existencia?

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4 thoughts on “Marionetas tecnológicas y cuerpos modificados. Dos rutas concurrentes al cyborg.”

  1. Creo que hay dos características de nuestra conciencia y especie: la muerte y el deseo de burlarla. Creo también que es la única regla del “juego de mesa” que no se ha podido abolir. Todos, al momento de nacer, empezamos a jugarlo y el objetivo y fin último es el placer. Muchos se frenan por motivos religiosos, económicos, de salud o morales para hacer realidad sus mas íntimas y/o feroces fantasías, sin embargo, con la eliminación de la muerte de la ecuación y con la respuesta (por parte de una inteligencia artificial) de las preguntas fundamentales como ¿que soy? ¿por que soy? ¿para que soy? y sobretodo ¿existe Dios? y la subsecuente destrucción de dogmas, creencias y células sociales me pregunto: seremos acaso una raza perpetua y perenne cuya única motivación es la búsqueda infinita del placer, es decir un Homo Hedonis, o la búsqueda de la virtud Aristotélica o mas aun la combinación de ambas, una especie de virtud corrupta (a nuestros ojos que ven la anarquía como un mal y no como una consecuencia evolutiva). Just a thought. Felicidades, nuevamente te comento, refrescante leer a alguien que observa y no sólo se asoma hacia el futuro. Saludos.

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