J.G. Ballard: los mitos del futuro y la arquitectura de la desolación

“Este autor está más allá de la ayuda psiquiátrica. ¡No publicar!” Esta fue la conclusión definitiva a la que llegó un anónimo dictaminador al que se le comisionó leer la polémica novela Crash(1973), de James Graham Ballard. Quizás este juicio aparentemente histérico no hubiera pasado de ser una nota cómica o un comentario ridículo e insignificante en la biografía de un autor que hoy es universalmente reconocido como un prolífico visionario, sin embargo en buena medida esas palabras reflejan la sensación de incomodidad, angustia e incluso malestar físico que puede producir esa y algunas más de las obras de este exestudiante de medicina. Finalmente la irritada espontaneidad de esas palabras es el tipo de reacciones que Ballard busca provocar con su narrativa para despertar la humanidad del lector. Ballard es considerado por muchos como un autor de culto de ciencia ficción, como uno de los pilares de la imaginería cyberpunk y como el padre de una de las novelas más transgresoras de la historia. La realidad es que este autor es mucho más que un gurú posmo o que un ídolo de las masas adolescentes. Aparte de ser un extraordinario narrador, Ballard es un feroz crítico social que ha consagrado buena parte de su obra a analizar la manera en que la tecnología articula y vuelve posibles los peores impulsos de la gente. El autor de Noches de cocaína se ha dedicado a explorar y disecar lo que denomina la “mitología del futuro”: la colección de iconos, imágenes, patologías y obsesiones que han surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Hace más de 20 años que Ballard no escribe ciencia ficción y la mayoría de sus obras más conocidas no pertenecen realmente a este género, al que acertadamente considera como una rama menor de la tradición de los relatos cataclísmicos. Y precisamente, si sobre algo ha escrito este autor es acerca de catástrofes devastadoras de mundos, a las que concibe como metáforas de “la destrucción de la imagen del escritor mismo” y a la vez como “un intento por confrontar a un universo sin sentido al desafiarlo en su propio juego” . Ballard se dio a conocer fuera de los círculos de aficionados a la ciencia ficción cuando en 1987 Steven Spielberg llevó a la pantalla su novela, El imperio del sol, el recuento semiautobiográfico de su infancia en China. Ballard nació en 1930 en el seno de la burguesía inglesa radicada en el asentamiento internacional de Shangai; una comunidad que vivía rodeada de servidumbre y aislada de la realidad de ese país asiático. Ese mundo de privilegio se colapsó cuando Japón invadió China en 1936 y tocó a Ballard fue testigo de las atrocidades cometidas por las tropas niponas en contra de la población china. En 1943, tras el ataque japonés a Pearl Harbour, su familia, al lado de cientos de inmigrantes occidentales, fueron desplazados de lo que quedaba de su idílico paraíso colonial al campo de concentración de Lunghua. Si bien es obvio que su experiencia durante la guerra y los dos años y medio que pasó en ese encierro fueron unas de las principales influencias de su literatura, Ballard asegura que de lo que nunca pudo recuperarse fue del choque cultural que sufrió a su “retorno” a Inglaterra (un país que le era completamente extraño). “Cuando llegué en 1946 encontré que Londres parecía Bucarest con cruda –montañas de escombros, un pueblo exhausto, derrotado por la guerra, y todavía engañado por la retórica churchilliana, que tropezaba por el paisaje devastado de pobreza, folletos de raciones y grotescas divisiones sociales” . Historias apocalípticas En casi medio siglo Ballard se ha reinventado varias veces, y ha pasado de la fantasía de anticipación a la novela de la posguerra, de la ficción experimental de vanguardia al modernismo clásico, de la narrativa de aventuras al posmodernismo, de la necro-tecno-pornografía a la novela de misterio y la intriga policíaca. Ballard es un formidable cuentista (18 colecciones de relatos publicadas) pero por motivos de espacio nos concentraremos aquí tan sólo en sus novelas (16 publicadas); en las primeras cuatro de ellas Ballard realizó una exploración elegante y sistemática de la naturaleza de las catástrofes. En cada una de las novelas de esta tetralogía el mundo es destruido por un elemento distinto: el aire en The Wind From Nowhere (El huracán cósmico o El viento de la nada, 1962), el agua en The Drowned World (El mundo sumergido, 1962), el fuego en The Drought (La sequía, 1964) y la tierra en The Crystal World (El mundo de cristal, 1966). Cambios dramáticos en su vida, como la muerte accidental de su esposa, llevaron a Ballard a dar un giro brusco a su carrera, en cierta forma abandonando el éxito y reconocimiento que comenzaba a cosechar en el medio de la ciencia ficción. Después de tres años de trabajo terminó La exhibición de atrocidades (1970), un texto críptico, híbrido y delirante, una novela fragmentaria y profética que algunos se han atrevido a comparar con la laberíntica obra maestra de James Joyce, Finnegan’s Wake. En este complicado collage en el que conviven se funden y chocan diversos géneros, se establecen vibrantes contrapuntos entre incontables listas (algunas auténticamente irritantes como la de Las Generaciones de América, que consiste en una lista de nombres sacados de los créditos de las revistas Time, Look y Life), oscuras referencias a acontecimientos históricos y brutales recuentos de desmembramientos y mutilaciones sexuales que hacen pensar en los pasajes más intensos del Marqués de Sade escritos como si fueran informes corporativos. Este libro, que sigue hoy tan actual como hace dos décadas, ofrece una prodigiosa disección del abigarrado bombardeo de información y entretenimiento al que nos somete la mediosfera. Ballard inventó un discurso poético para la era de la televisión y pudo anticipar que el culto de las celebridades, el voyeurismo, la necrofilia y la fascinación con la violencia extrema se transformarían en obsesiones de la cultura popular. Aunque él mismo ha señalado que no hacía falta una gran habilidad profética para imaginar cual sería el legado de las décadas de los 60 y 70, pudo ver como se trazaba la historia del futuro cercano en nuestras tecnologías y supo que éstas nos ofrecerían más y mejores herramientas para explorar nuestras perversiones más infames. La exhibición de atrocidades, es una vertiginosa provocación en diferentes niveles, tanto por el lado formal como por el discurso netamente sádico que confrontaba al lector con la grotesca explotación toda clase de horrores corporales. Pero por otro lado el libro ofrecía también un nivel de subversión política como en el capítulo Porque me quiero coger a Ronald Reagan, en el cual se explica, entre otras cosas y en un tono seudo científico, el papel conceptual, la personalidad y las fantasías eróticas provocadas por las características corporales y faciales de Reagan. Este texto provocó en 1970 que el editor Nelson Doubleday triturara el tiraje completo del libro recién impreso. Lógicamente Ballard tuvo que conseguir otro editor. Porque me quiero… fue impreso en papel con apariencia oficial y fue repartido clandestinamente entre los delegados de la Convención Republicana de 1980, quienes lo aceptaron como si se tratara de un documento creado por un “think tank” de relaciones públicas, con el fin de mejorar la imagen pública del entonces candidato presidencial. En 1972 Ballard organizó una exposición de autos chocados en una galería de arte de Londres. La respuesta del público fue extraordinaria ya que los autos desfigurados provocaron numerosas respuestas intensas y emocionales, desde una salvaje borrachera colectiva en la noche de la inauguración hasta un intento de violación en el asiento trasero de uno de los coches. Los autos fueron objeto de rabiosos y catárticos ataques por parte de los visitantes de la galería. Chatarra que en la calle hubiera pasado desapercibida adquiría en ese contexto un aura provocadora y hasta insultante. Esa exposición convenció a Ballard de la necesidad de explorar el significado cultural de los choques de autos y sus vínculos entre la sexualidad. El resultado fue Crash (1972), su obra maestra y una novela prodigiosa que trasciende el sensacionalismo y la morbosidad al lograr penetrar los mecanismos de defensa de la conciencia para afectar las emociones del lector. Crash fue escrita a la sombra de los asesinatos de Kennedy, Martín Luther King, la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos. Esta es una novela extraña, cruel y desesperanzada, una obra escrita con una narrativa relativamente convencional y un literalismo descarnado. Aquí se narra la relación del protagonista, James Ballard, con Vaughan, un hombre obsesionado por la sexualidad de los accidentes automovilísticos, quien desea morir en un choque al lado de Elizabeth Taylor. Vaughan hace el papel de Virgilio al guiar al protagonista por los infiernos de la perversión motorizada hasta encontrar su propia redención entre los escombros de un auto destrozado. Para Ballard los choques de autos eran una metáfora de la manera en que la violencia comenzaba a dominar a la cultura pop y a sustituir o a metastasiar al sexo. El novelista ponía en evidencia con esta novela la función de los choques en el imaginario colectivo. En el cine y la televisión los accidentes de autos eran puestos en escena cada vez con mayor violencia y espectacularidad. Lo que pretendía ser realismo era tan sólo una representación cosmética e ideológica del impacto entre símbolos, representados por vistosas coreografías de metal retorcido y fuego. Los choques mediatizados eran imágenes rodeadas de clichés que se repetían obstinadamente, como si fueran secuencias orgásmicas de filme pornográfico. Precisamente cuando se publicó esta novela tenía lugar el boom y la breve edad dorada del cine pornográfico. Paralelamente, en el cine comercial comenzaban a incluirse mayores dosis de sexualidad y violencia, a menudo relacionada con persecuciones y por supuesto con choques de autos. De tal manera se establecía un fuerte vínculo en el Zeitgeist entre los coches y el sexo. Crash es una experiencia sin precedente y no es demasiado aventurado señalarla como una de las obras más importantes y representativas del siglo pasado. En 1997 David Cronenberg dirigió una adaptación de Crash que respetaba fielmente el texto original. La cinta fue motivo de escándalo y de un auténtico episodio de pánico moral. Incluso el propio Ted Turner, quien era propietario de la distribuidora Fine Line, la cual tenía los derechos de la cinta, trató infructuosamente de impedir que se exhibiera en los Estados Unidos. El diario London Standard la denominó como una obra que estaba ¨más allá de las fronteras de la depravación” y varios políticos lograron prohibir su proyección en ciertas partes de Londres. Finalmente la película terminó distribuyéndose en video y la histeria desatada quedó en el olvido. A Crash le siguió otra novela que comenzaba con un accidente automovilístico, Concrete Island (Isla de concreto, 1973). El protagonista, Robert Maitland, pierde el control de su Jaguar y termina estrellándose en una de las islas en medio de la autopista. Maitland queda herido y se convierte en una especie de Robinson Crusoe urbano, al quedar varado en un espacio ahistórico donde descubre las ruinas de una civilización olvidada (autos chocados, sótanos misteriosos, casas victorianas derruidas y pequeñas calles cerradas) y a un par de seres marginales que han aceptado la imposibilidad de escapar esa prisión. Las siguientes tres novelas giran en torno a otros personajes situados más allá de las fronteras de la modernidad: en High Rise (Rascacielos, 1975) los habitantes de un edificio viven atrapados y aislados en sus departamentos en estado de permanente paranoia; en The Unlimited Dream Company (Compañía de sueños ilimitada, 1974) un accidente de aviación otorga extraños poderes al piloto caído quien se torna en una especie de dios y transforma con su semen una zona urbana en un paraíso; y en Hello America (Hola, América, 1981) un grupo de científicos y aventureros viajan a Estados Unidos años después de que un cataclismo ha transformado al país en un inmenso desierto. Ballard publicó en 1984, la antes mencionada El imperio del sol, su autobiografía y la primera novela que no contenía elementos surrealistas ni de especulación futurista. En 1991 publicó otro libro semiautobiográfico, The Kindness of Women. Estos recuentos confesionales ofrecían nuevas claves para entender a este autor pero a la vez establecían un juego de espejos y falsas pistas que confundían al Ballard “real” con el Ballard “ficticio” que protagonizaba Crash y otras de sus obras. A partir de El imperio del sol, la literatura de Ballard ha adquirido un tono más sarcástico, quizás porque como él señala, “Cuando eres un escritor joven quieres cambiar al mundo, pero cuando llegas a mi edad te das cuenta de que nada cambiará, no obstante sigues adelante” . Piscinas secas, autopistas solitarias y otras ruinas del futuro Sus libros más recientes, como Running Wild (1988), Cocaine Nights(Noches de cocaína, 1994), Rushing To Paradise (1996) y Super-Cannes (2000) están cerca de la novela de misterio o la intriga detectivesca pero están protagonizados por los mismos seres fríos y desafectados de sus anteriores novelas, además de que también se desarrollan en las mismas zonas anónimas o de transición que ha explorado en sus trabajos anteriores. En ellas el paisaje está dominado por la desoladora uniformidad de obras faraónicas impersonales, así como por construcciones carentes de referencias culturales específicas, a menudo divorciadas de cualquier función social o transformadas en ominosa basura imposible de desechar. Los paisajes de Ballard están marcados por la globalización de un estilo arquitectónico institucional e inhumano que se manifiesta en forma de vastos complejos habitacionales para retirados, bunkers decrépitos, bases espaciales corroídas por el óxido, comunidades burguesas amuralladas, ciudades inteligentes deshabitadas y megacentros comerciales en quiebra. En estas obras la arquitectura se transforma en una especie de molde psíquico que conforma y manipula a los individuos. La literatura de Ballard tiene una consistencia notable e independientemente del género que utilice continuamente regresa a sus temas y obsesiones. Parece un lugar común decir que Ballard describe con frialdad clínica y precisión analítica, sin embargo dichos adjetivos son inevitables para definir su siempre presente economía narrativa. El trabajo de este autor está influenciado por el existencialismo, el surrealismo, el cubismo y el dadaísmo entre otras corrientes de pensamiento y escuelas artísticas del siglo XX. Así mismo su literatura parece encontrar la inspiración en textos tecnológicos y científicos (particularmente por su uso de la jerga médica y sicoanalítica) y en la obra de numerosos pintores (Dalí, Max Ernst, Tanguy). La prosa Ballard está en deuda con William Burroughs, Antonin Artaud, Joseph Conrad e incluso Lev Tolstoi, y puede transitar de la poesía al pulp, pasando por la reflexión filosófica y la escritura automática. Pero a pesar de esta versatilidad, energía y de su innegable maestría estilística, la obra de Ballard siempre estará estigmatizada por el “toque de bochorno asociado con un escritor que opera, aunque sea de manera indeterminada, en el género de la ciencia ficción”, como escribe Roger Luckhurst . A pesar de eso, Ballard se ha declarado en numerosas entrevistas orgulloso de ser en esencia un escritor de ciencia ficción, “la literatura más auténtica del siglo XX”. Ballard, quien ahora tiene 74 años, ha estado siempre al margen de la república de las letras. Y de la misma manera en que ha sido aceptado a regañadientes en la elite literaria, la mayoría de los escritores de ciencia ficción lo consideran un traidor, una influencia nociva y corruptora del género. Desde hace 44 años Ballard vive en el amodorrado suburbio londinense de Shepperton (aunque actualmente pasa hasta tres días a la semana en Londres), una urbanización rodeada por autopistas, cercana al aeropuerto de Heathrow y a los estudios de cine de esa ciudad. El novelista ha utilizado a Shepperton, con su “ambiguo pero embriagador encanto, enajenación y anonimato” , como mirador privilegiado para contemplar el universo nihilista de la muerte de las ideologías y del afecto, un espacio hypermediatizado en el que la gente puede dedicar enormes recursos a nutrir y materializar sus más caras fantasías psicóticas. Abolir el tiempo Desde la década de los 70 Ballard  proponía que el futuro estaba “…cesando de existir, devorado por un presente insaciable” . Una de las nociones más provocadoras de Ballard es su cuestionamiento de la idea del tiempo. En su “Proyecto de un Glosario para el siglo XX”, describe: Tiempo internacional estándar: ¿Es el tiempo una estructura mental obsoleta que heredamos de nuestros antepasados distantes, quienes inventaron el tiempo serial como un medio para desmantelar la simultaneidad que eran incapaces de comprender como una totalidad? El tiempo debe ser liberado de los carteles y todo mundo debería poder elegir su propio tiempo. Ballard escribió que la única diferencia entre una pintura surrealista y una clásica es que en la primera el elemento temporal no está determinado, mientras que en la segunda los personajes, paisajes y situaciones están perfectamente situados en el tiempo. Y ese principio lo ha aplicado sistemáticamente en su literatura al “sacar del tiempo” su narrativa ya sea mediante el recurso de la catástrofe (un acontecimiento brutal que detiene el flujo temporal), como al escribir acerca de interminables carreteras que aparentemente no llevan a ningún lugar, rascacielos abandonados, piscinas secas, estacionamientos desiertos y demás ruinas inmutables de una neurasténica sociedad de consumo. Los personajes ballardianos, así como el lector, al enfrentarse a estas estructuras descontextualizadas sufren una especie de primitivización, un aterrador retorno al origen, a un estado de ingenuidad y reflejos instintivos, un estado como el que llevó a un dictaminador encolerizado a desahuciar al autor de Crash.
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Marionetas tecnológicas y cuerpos modificados. Dos rutas concurrentes al cyborg.

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Texto publicado originalmente en la revista Literal

Creo que seres como yo tendemos a ponernos paranoicos
respecto de nuestros orígenes. A veces sospecho que no soy
quien creo ser, a veces creo que fallecí hace mucho tiempo
y alguien tomó mi cerebro y lo puso en este cuerpo, tal vez
nunca existió un yo real y soy completamente sintética…

                                      MAYOR MOTOKO KUSANAGI (Kusanagi Motoko),
Ghost in the Shell (Mamoru Oshii, 1995)

El cyborg es un organismo cibernético que combina elementos sintéticos y orgánicos. Es un ser que gracias a la tecnología es capaz de actos físicos y mentales prodigiosos.

El cyborg es un individuo que emplea la tecnología para recuperar parcialmente o compensar el uso de órganos o sentidos atrofiados o ausentes. Por tanto es un aspirante a la normalidad.

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El cyborg es cualquier persona que usa el lenguaje oral o escrito para comunicarse, emplea papel y pluma para ayudarse a memorizar o hacer cálculos, utiliza lentes, ha recibido alguna vacuna o tiene la piel tatuada.

Cualquiera de las anteriores definiciones del término cyborg puede ser correcta. Todo depende de donde establezcamos la frontera entre el ser y la herramienta, entre el uso de un objeto y su integración al cuerpo del usuario, entre la prótesis y el individuo, y entre la naturaleza y la tecnología. Por tanto el cyborg puede ser un engendro del futuro que nunca se materializará o bien todos podemos serlo y en ese caso el término se refi ere al homo sapiens tocado por la tecnología. Así mismo, el cyborg es la primera creación humana capaz de liberarse de los hilos del titiritero para determinar el curso de su propia vida. En cualquier caso la categoría de cyborg no es redundante sino que es una representación o una proyección de la condición del Hombre contemporáneo y es una herramienta para reflexionar en torno a las promesas y amenazas que implican nuestra relación incestuosa con la tecnología. Como escribió Donna Haraway en su indispensable Manifiesto Cyborg:

“Para finales del siglo XX, nuestro tiempo, un tiempo mítico, todos somos quimeras, híbridos teorizados y fabricados de máquina y organismo. El cyborg es nuestra ontología; nos da nuestra política. El cyborg es una imagen condensada tanto de la imaginación como de la realidad material, los dos centros unidos estructurando cualquier posibilidad de transformación histórica.”

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Ambiciones y delirios

Si algo caracteriza a nuestra especie es una peculiar capacidad para obsesionarnos con lo aparentemente irrealizable, con ir más allá de los límites físicos y mentales que nos impone la naturaleza y la sociedad. Por tanto, nos empecinamos en alterar la realidad o en transformarnos a nosotros mismos para poder volar o respirar bajo el agua. La tecnología surge como la aplicación del conocimiento y el uso de la experimentación para crear herramientas, métodos, sistemas, técnicas y mecanismos para controlar y adaptar el medio, y de esa forma satisfacer nuestras necesidades. Pero lejos de conformarnos con obtener alimentos, protegernos de los ambientes hostiles y erigir asentamientos seguros, la tecnología se convirtió muy pronto en el método más eficiente para ayudarnos a alcanzar nuestros sueños más ambiciosos y delirantes.

Uno de estos sueños ha sido dar vida a una entidad inanimada, al “materializar lo espiritual y espiritualizar a la materia”, como apunta Victoria Nelson.2 En leyendas, mitos, el arte y el entretenimiento popular, el hombre ha imaginado adquirir la habilidad de engendrar vida y de esa manera convertirse en un demiurgo a escala o por lo menos apropiarse del poder femenino de dar a luz. Otro sueño estrechamente vinculado con éste es el deseo de escapar al cruel destino de la carne: el dolor, la enfermedad, la vejez y la muerte. Esta es la obsesión que ha perseguido el hombre desde los orígenes de la civilización, por la cual se ha sometido a las dietas, tratamientos y procedimientos más excéntricos, con la esperanza de fortalecerse, embellecerse, volverse inmortal o ampliar su percepción –como por ejemplo mediante la práctica milenaria y ampliamente extendida de trepanar cráneos para extender los horizontes de la percepción.

Ambos sueños han inspirado dogmas religiosos y al mismo tiempo los dos han sido considerados transgresiones en contra de dios, tanto por usurpar el terreno de la creación como por insinuarse como formas de idolatría. En la actualidad el estigma religioso no ha desaparecido por completo y si bien hay centenares de científicos trabajando en la realización de ambos sueños mencionados, todavía hay quienes consideran este tipo de trabajo como una inminente agresión contra la naturaleza, ya que lo consideran una forma de pervertir el orden biológico.

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Independientemente de juicios morales y éticos, estos dos ideales han dado lugar a carreras tecnológicas que tienden a conducirnos al desarrollo de organismos cibernéticos o cyborgs, entidades que integran partes biológicas, producto de la evolución, y partes tecnológicas, producto del ingenio creativo. En la primera vertiente tenemos a todos los simulacros de seres animados, desde las marionetas, los automatones, los patos mecánicos, los robots y los androides hasta el Terminator. Mientras que la segunda corriente es la de todos los recursos y métodos a los que la humanidad ha recurrido con la esperanza de burlar a la muerte o por lo menos convertirse en superhombres. Así, por un lado tenemos objetos que parecen vivos e inteligentes y por el otro seres humanos extendidos, alterados o mejorados.

La historia real e imaginaria de esta carrera tecnológica ofrece una narrativa de las ilusiones y pesadillas tecnológicas de la humanidad, así como un debate permanente en torno a los efectos que tienen sobre la cultura las herramientas –desde la magia hasta la nanotecnología– que hemos tratado de usar para animar a la materia o para mejorar nuestro envase. Estas corrientes nos llevan por fuerza al estado de inquietud, casi esquizofrenia, que caracteriza nuestra relación con la tecnología y las máquinas: por un lado apreciamos sus aportaciones y la forma en que simplifican muchas de nuestras tareas, pero por otro nos intimidan por su amenaza al medio ambiente y por lo que percibimos como un proceso de deshumanización.

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Marionetas de nuestro ingenio

Consideremos inicialmente la manufactura de entidades inteligentes a partir de elementos no inteligentes, orgánicos o inorgánicos. Una gran cantidad de recursos se destinan al desarrollo de sistemas capaces de aprender, de convertirse en interlocutores racionales y eventualmente en entidades conscientes. Pero ante esta búsqueda frenética de ese instante de singularidad que cambiaría la historia de la humanidad si una máquina adquiere consciencia, debemos preguntarnos: ¿es la conciencia producto de la capacidad de llevar a cabo un alto número de operaciones matemáticas o se trata de un proceso completamente distinto?

Aparentemente la conciencia surge cuando los seres vivos desarrollan movilidad, y son capaces no únicamente de desplazarse sino de determinar su trayectoria. Esta cualidad hace que aparezcan entonces estrategias tanto de acecho como de escape. Poco a poco los seres móviles fueron desarrollando organismos sensores, inicialmente el olfato, después la visión y la audición. La evolución dio lugar al desarrollo del sistema nervioso central y el cerebro. Más tarde aparecen cerebros divididos en dos hemisferios con leves diferencias funcionales pero caracterizados porque el izquierdo es esencialmente analítico, verbal y lógico, y el derecho principalmente intuitivo, visual y holístico. Hay quienes especulan que la consciencia es precisamente el resultado de esta división cerebral.

El progreso en materia del poder computacional se ha incrementado de manera prodigiosa en las últimas décadas. El autor e inventor Ray Kurzweil ha pronosticado que para la segunda mitad del siglo XXI no se podrá diferenciar entre la inteligencia humana y la maquinal. El científico Marvin Minsky escribió: “De seguro, aún estamos lejos de ser capaces de crear máquinas que hagan todas las cosas que hace la gente. Pero esto solamente significa que necesitamos mejores teorías acerca de cómo funciona el pensamiento.”3 Mientras que el profesor de robótica Hans Moravec, famoso por su certeza de que en un futuro cercano la mente humana podrá ser transplantada a una computadora,4 anticipa que una máquina tendrá el potencial de cómputo equivalente al del cerebro humano para la segunda década de este siglo.

Si la conciencia en tanto que fenómeno cognitivo es sólo el resultado de complejos procesos de cómputo, podemos intuir que tarde o temprano habrá computadoras o inteligencias maquinales que adquieran la capacidad de reconocerse como sujetos y por tanto dejar de ser objetos. Ahora bien, a pesar de que el futuro de la computación se anuncia promisorio, por el momento estamos aún lejos de que las computadoras sean otra cosa que máquinas inanimadas que siguen instrucciones y cumplen programas creados por humanos. Hoy estamos rodeados de “agentes” maquinales (ya sean bots en sistemas computacionales o bien robots industriales, domésticos o militares) que toman decisiones y simulan entender las órdenes que reciben. Pero aún los más avanzados de ellos no son más que marionetas de alta tecnología. El tiempo de los replicantes, “Más humanos que el humano”, de Blade Runner o de los implacables terminators, parece aún lejano. Sin embargo, personajes de ficción como la Mayor Motoko, de la serie Ghost in the Shell —un cyborg sexy, implacable y depresivo—, han logrado poblar nuestras fantasías, moldear nuestra visión y expectativas de los usos de la tecnología y son puntos de referencia con los que juzgamos la condición humana en nuestra era. El temor y fascinación que provocan estos seres biomaquinales, herederos en gran medida de los monstruos góticos, ha generado incontables obras de ficción pero también ha dado lugar a ramas de la ciencia como la robótica (término acuñado por Isaac Asimov en 1941), la inteligencia artificial (John McCarthy, 1956) y la cibernética (Norbert Wiener, 1948), que prometen convertir en realidad, tarde o temprano, la idea de animar un simulacro humano y poblar la tierra con marionetas autónomas, capaces de resolver problemas nuevos y servirnos mejor, a un bajo costo.

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La máquina de carne

Podemos argumentar que la certeza de la mortalidad es lo que nos hace humanos. El conocimiento de que estamos condenados a envejecer y fallecer rige nuestros actos, nuestros miedos y la preocupación por dejar un legado póstumo. Este temor, así como la fragilidad inherente del cuerpo, llevó a las civilizaciones a imaginar hombres transformados, ya sea mediante símbolos –místicos, mágicos o religiosos– que supuestamente les concedían poderes por encima de sus semejantes o por cambios morfológicos que les ofrecían una ventaja sobre sus rivales. El arma y la armadura son expresiones evidentes de fragilidad de la piel y la necesidad de convertirnos en otra cosa para fortalecernos y hacer más daño a nuestro oponente. Por otra parte los jugadores profesionales de futbol americano han transformado sus cuerpos mediante severos regímenes de ejercicio de alto nivel, dosis de hormonas y testosterona, así como por el uso de una variedad de tecnologías de punta en materia de nutrición. En el caso del soldado como del futbolista la ciencia aplicada convierte a un individuo en un ser especializado para una tarea, el proceso puede o no ser reversible pero la transformación es indispensable para su quehacer y lo identifica con sus colegas y con el resto de la sociedad.

En la mayoría de los casos los cambios corporales practicados por civilizaciones tradicionales eran principalmente cosméticos y simbólicos –su expresión más universal son los tatuajes, las perforaciones y las cicatrices rituales. Sin embargo, estas inscripciones en la piel cargaban y en algunos casos aún cargan –como en las pandillas y otras sociedades secretas, místicas o criminales– un importante peso simbólico que afecta al individuo de forma real al transformarlo socialmente. En tiempos modernos las transformaciones corporales a menudo también son funcionales, como pueden ser los implantes cochleares, las prótesis inteligentes y los implantes cerebrales que permiten controlar dispositivos del mundo externo simplemente con el pensamiento.

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La mente en la nube

Cuando apareció Internet comenzamos a imaginarlo como una inmensa mente de colmena a la que podíamos acceder en cualquier momento y desde cualquier lugar, un inacabable depósito de información y entretenimiento que no nos permitiría nunca más estar solos, que prometía que siempre contaríamos con toda la información y los datos correctos sobre cualquier tema y que siempre estaríamos divertidos. Poco a poco esta ilusión se ha ido conformando como algo posible, inicialmente con el abaratamiento de las conexiones siempre disponibles a internet, la aparición de poderosos y versátiles buscadores o search engines y, más recientemente, con la proliferación de computadoras y teléfonos portátiles con acceso inalámbrico a la red, los cuales en cierta manera cumplen como sucedáneos del internet intercraneal. En cierta forma es posible imaginar la integración de la mente humana a una gigantesca red de comunicaciones, a una nube que permite el acceso

instantáneo a sistemas electrónicos de almacenamiento, ordenamiento, cálculo, procesamiento de información y comunicación con seres humanos y con programas semiautónomos a los que iremos relegando más y más responsabilidades.

Vivir conectados permanentemente a esta red, sumado a las drogas inteligentes –como neuro potenciadores y drogas nootrópicas–, la clonación, los tratamientos extremos de belleza, las prótesis que amenazan superar a nuestras extremidades, implica una transformación definitiva del hombre, un salto cualitativo a una nueva especie, algo que podríamos llamar una “evolución” dirigida hacia el homo cyborg u homo evolutis, como lo denomina Juan Enríquez, el presidente de la empresa de investigación e inversión en las ciencias de la vida, Biotechonomy, 5 quien anticipa que nuestra transformación en esta nueva especie: “…no será un evento deliberado y programado. Sino que involucrará una rápida acumulación de mejoras pequeñas y útiles que eventualmente tornarán al homo sapiens en un nuevo homínido”.

Es claro que las generaciones venideras tendrán la posibilidad de rediseñarse en una variedad de sentidos. Tan sólo quedarán por saberse tres cosas:

1. ¿Veremos con nuestros propios ojos (naturales) el surgimiento de una sociedad de seres mejorados?

2. ¿Qué será de aquellos que queden del otro lado del abismo tecnoeconómico de esta evolución?

3. ¿Qué harán estas marionetas tecnológicas liberadas con aquellos que solían controlar los hilos de su existencia?

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El Renacimiento y el poder de la ignorancia

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El Renacimiento representó un peligroso alejamiento de un mundo teocéntrico hacia un blasfemo mundo homocéntrico. A partir de entonces la cultura comenzó a deslizarse hacia un nihilismo destructivo, un cinismo materialista y un ateísmo siniestro. Hoy la cultura occidental está obsesionada con la autogratificación, el hedonismo, el consumo y la ilusión enfebrecida y falsamente redentora de la libertad. El humanismo sin la guía e intimidación que provee la religión se convierte en un culto diabólico de la muerte y la destrucción. 
Esta visión apocalíptica de la cultura tiene la peculiaridad de que es compartida por fanáticos religiosos de diversas denominaciones, tanto los fundamentalistas musulmanes como los cristianos que desearían dar marcha atrás a los logros, descubrimientos y creaciones en las artes, las ciencias, la educación, la literatura y prácticamente en todo ámbito humano. De acuerdo con estos retrovisionarios, de no ser por el Renacimiento hoy viviríamos en un beatífico idilio religioso de paz y felicidad. La vital infección de curiosidad, libertad de pensamiento y transgresión que surge en el siglo xiv en lo que hoy es Italia, y que se extendió por toda Europa en el siglo xvi, sembrando el escepticismo en las rancias ideologías medievales y la desconfianza en las autoridades que se decían de linaje divino, equivale para ellos a una influencia satánica.

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Antes de que el Renacimiento llegara a Portugal, el rey Manuel I decidió enviar en 1497 a Vasco da Gama en una misión de gran importancia: derrotar al Islam y reconquistar la Tierra Santa para establecerse como el rey de Jerusalén. La idea era un ambicioso disparate, pero Da Gama creía que podría contar con aliados poderosos: los cristianos perdidos en la India de los que hablaba el apóstol Santo Tomás, de acuerdo con el historiador Nigel Cliff en su nuevo libro Holy War. How Vasco da Gama’s Epic Voyages Turned the Tide in a Centuries-Old Clash of Civilizations. Da Gama y sus marinos se aprovecharon de las obsesiones religiosas del rey, pero en realidad soñaban con riquezas insospechadas y placeres terrenales a los que únicamente podrían acceder si podían reclutar a los míticos indios cristianos para destruir el control musulmán de las rutas comerciales en el océano Índico.
Aquellos exploradores desconocían la existencia de otras religiones, como el hinduismo, por lo que al escuchar Krishna no les quedaba duda de que se referían a Cristo. Esta ignorancia es muy relevante cuando se habla de choque de civilizaciones, ya que pone en evidencia que lo que estaba en juego desde entonces no era una lucha por ideas religiosas ni cosmogonías. Cristianos y musulmanes despreciaban y desconocían mutuamente sus ideologías. La lucha, entonces como ahora, era por bienes materiales, por especias, oro y rutas comerciales en el siglo xv, por petróleo, gas e intereses geoestratégicos en el xxi.
Trescientos sesenta y cinco años después de la aventura de Da Gama, otro magnate fanático religioso, el zar Nicolás I, también tuvo la idea desquiciada de lanzar una guerra religiosa en contra del Islam. Una serie de disputas religiosas en torno a Jerusalén y Belén llevaron al zar a declararle la guerra al Imperio Otomano, que entonces controlaba el Medio Oriente. Nicolás se imaginaba también a sí mismo como el liberador de Tierra Santa, una peligrosa ilusión que no le permitió ver que las fuerzas del Imperio Ruso eran muy inferiores a las de los otomanos y sus aliados franceses y británicos. Esta cruzada, que hoy conocemos como la guerra de Crimea de 1853, fue una terrible masacre en la que murieron más de un millón de seres humanos, además de que fue el antecedente de la Primera Guerra Mundial y vino a abrir el mundo islámico a las potencias europeas, las cuales más tarde se lo dividieron como botín, dibujaron fronteras coloniales, impusieron autoridades, idiomas y saquearon sus riquezas. Los conquistadores ignoraron deliberadamente la voluntad o etnicidad de los pueblos que vivían en la región, con lo que se sembró el profundo resentimiento de los árabes en contra de Occidente.
El problema para los fundamentalistas es el conocimiento, el conocimiento prohibido para ser exactos, no la intolerancia ni la ambición desmedida. Para ellos, los problemas del mundo siempre pueden resolverse prohibiendo, censurando y castigando, rara vez creando, escuchando o debatiendo ideas. Los fundamentalistas de todas denominaciones creen fervientemente en el choque de las civilizaciones que pregonaba Samuel Huntington. Ese conflicto es visto como el esperado Armagedón que validaría sus chifladuras. Sin embargo, ese cuento sólo se sostiene en la ignorancia, al despreciar la historia y los hechos. La guerra contra el terror de George Bush y Obama es el más reciente episodio de esta historia criminal de guerras santas y de la campaña fundamentalista en contra del Renacimiento.

LA GUERRA DE LOS DRONES

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El fin de las guerras

Es prácticamente imposible imaginar una guerra más cómoda, eficiente e inmediata que la guerra de los drones, naves voladoras a control remoto, equipadas con cámaras y misiles usadas por Estados Unidos (y otros países) para espiar y cazar al enemigo en cualquier rincón del planeta. El drone y el programa de targeted billings, o asesinatos selectivos, son herederos de la “bomba inteligente” que aparece durante la primera Guerra del Golfo como un cíclope infernal que filma su propia destrucción, desde que es disparado hasta que se impacta contra su blanco guiado por satélite o por láser. El drone puede vigilar desde los cielos a sus blancos potenciales, grabar incontables horas de video que son analizadas para determinar la posibilidades de eliminar un objetivo desde la comodidad de un cuartel situado en cualquier rincón del orbe. Un drone puede mantenerse circunvolando un edificio, una carretera o cualquier terreno durante horas o días, hasta recolectar suficiente información para determinar la viabilidad y las posibles consecuencias de un ataque. Ésta es una opción de bajísimo costo para evitar guerras, invasiones y expediciones punitivas, así como reducir a un mínimo el “daño colateral” de la guerra. En vez de enviar carne de cañón a ser masacrada en las trincheras, un conflicto puede reducirse a una serie de golpes precisos a blancos específicos.

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Legitimidad

Obviamente, la visión del drone como solución instantánea a los conflictos internacionales es una fantasía. Como toda arma, el drone, para ser eficiente, depende de información precisa y de un uso cuidadoso, así como de un firme propósito de minimizar la destrucción al disparar explosivos de altísimo poder en contra de autos y estructuras civiles. No obstante, se trata de un recurso que carece de un marco legal que pueda volver legítimos los asesinatos sumarios. Si es posible matar a quien sea, en donde quiera que se encuentre simplemente como un recurso preventivo para eliminar un presunto riesgo, entonces pronto no habrá santuario en la Tierra que esté a salvo de los ojos electrónicos de los drones. Por el momento, el programa de drones opera en la oscuridad sin necesidad de explicar su toma de decisiones ni rendir cuentas por el daño colateral. La ley internacional tendrá que doblegarse para permitir esta cacería de humanos conducida por potencias extranjeras desde las alturas. La representante del Senado estadounidense, Dianne Feinstein, se ha manifestado por crear reglamentos para el uso de drones inspirado en el que se usa para monitorear teléfonos o telecomunicaciones, lo cual requiere la orden de un juez. Sin embargo, aquí la parte controvertida no es tanto el espionaje sino el asesinato, y eso es mucho más delicado, como lo dice Kenneth Roth en “What Rules Should Govern us Drone Attacks”, pues si bien una corte puede aprobar una lista de posibles “asesinatos preventivos”, no puede intervenir para regular cómo se lleven a cabo, ni en evaluar los riesgos implícitos a terceros.

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Pretextos

El Departamento de Justicia del gobierno de Obama decidió definir el programa de drones de la manera más ambigua posible en su White Paper. Entre las razones que usaron para justificar el recurso de un arma con alcance mundial Roth propone: 1. Estados Unidos está peleando una guerra planetaria y las viejas nociones de frentes de combate han quedado obsoletas. 2. Puede argumentarse que este tipo de ataques ayudan a las autoridades locales a eliminar a sus sediciosos. 3. Un asesinato con drone de un enemigo del Estado podría considerarse equivalente a una acción policíaca en la que el sospechoso es eliminado simplemente por tener antecedentes criminales o por tener ideas o convicciones que podrán manifestarse en acciones delictivas en el futuro.

Precognición

Ninguna de estas razones es convincente. Imaginemos que la policía irrumpe en las casas de ex convictos y sospechosos para ejecutarlos in situ por crímenes aún no cometidos, como si se tratara de la aplicación a la política internacional de la ficción delReporte minoritario, de Philip k. Dick, donde los precogs anticipan los crímenes. Este tipo de ataques considera igualmente sacrificables a los “líderes operativos”, militantes o terroristas que han participado en acciones sangrientas, como a los choferes, los mensajeros, los hijos y las esposas o cualquier otra persona que esté en el radio de la explosión.

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Lo que se sabe

El pasado 15 de abril de 2013 estallaron dos bombas cerca de la línea final del maratón de Boston con un intervalo de 12 segundos, provocando la muerte de tres personas y casi trescientos heridos. Con velocidad asombrosa la policía, el FBI y las agencias de inteligencia identificaron a los sospechosos en los videos de las cámaras de vigilancia callejera. Los pudieron rastrear después de que éstos asesinaron a un policía para quitarle su arma y secuestraron brevemente a una persona con su auto para obligarlo a sacar dinero de cajeros automáticos. Tuvieron una confrontación a tiros con la policía donde uno de ellos murió y el otro huyó y se escondió durante 19 horas, hasta que fue localizado y arrestado, en estado grave, oculto en un yate en tierra firme. Los presuntos responsables fueron los hermanos Tamerlán y Dzhokhar Tsarnaev, inmigrantes de origen checheno de veintiséis y diecinueve años, respectivamente, que llegaron a Estados Unidos hace más de una década, que no estaban asociados con ningún grupo fundamentalista ni militante y llevaban vidas comunes y corrientes en la región de Boston. Tamerlán, aparentemente, nunca logró adaptarse a la vida en Estados Unidos, abandonó los estudios, fue un exitoso boxeador amateur pero no logró clasificarse para el equipo olímpico. Aunque la familia no era muy religiosa, el hermano mayor adoptó una versión fundamentalista del islam. La familia Tsarnaev, como tantas otras de esa atribulada región del Cáucaso, fue desterrada por Stalin, de manera que los hermanos nacieron en el exilio y más tarde encontraron asilo en Estados Unidos. Nunca vivieron en Chechenia ni padecieron en carne propia el sufrimiento de las guerras de agresión rusas.

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Lo que no se sabe y lo que se cree

No se sabe cómo consiguieron los recursos para fabricar varias bombas, pero Dzhokhar en el hospital declaró que él y su hermano actuaron solos, sin ayuda de nadie más. No se sabe cuál fue su motivación. No se sabe cuál fue su objetivo y si realmente tenían pensados otros atentados. No se sabe cómo influenció su ascendencia chechena en sus acciones.

La versión oficial presume que Tamerlán viajó a Rusia en 2012, donde probablemente recibió entrenamiento y se radicalizó. Se cree que Tamerlán convenció a su hermano de participar en el atentado, quizás en represalia por las acciones estadounidenses en Irak y Afganistán, y por la percepción de que Estados Unidos ha lanzado una cruzada en contra el mundo islámico, en gran medida mediante el uso de drones a control remoto, usados incluso para cazar ciudadanos estadounidenses como el clérigo Anwar al Awlaki, asesinado con su hijo en Yemen. Con el asesinato de Ben Laden y de otros líderes de Al Qaeda, se anunciaba hace poco el inminente fin de esa organización. Este atentado, así como el presunto intento frustrado de volar trenes en Canadá, sólo ponen en evidencia que la campaña bélica en Afganistán, la destrucción dejada por la guerra en Irak y otras partes del mundo, y los asesinatos mediante drones, no han eliminado a los grupos extremistas que desean atacar las capitales de Occidente y, en especial, a Estados Unidos, sino que, por el contrario, podríamos anticipar que han generado aún más odio, deseos de venganza y terroristas potenciales.

Lo que se siente

Las instrucciones para las bombas hechas con ollas de presión son fáciles de obtener en Internet; en particular, la revista Inspire (en la que colaboraba Al Awlaki y que es el portavoz de Al Qaeda en Yemen) las publicó en inglés en 2010. Esta revista sigue apareciendo y promoviendo la noción de que la violencia contra Estados Unidos es una forma de defensa legítima. Es imposible saber si un atentado como el de Boston hubiera tenido lugar en una atmósfera distinta a la que prevalece en la era de los drones, pero una campaña de asesinatos a control remoto desde las alturas presentada como una limpieza de indeseables y a bajo costo es una poderosa motivación para la venganza. La noción de que es legítimo aplastar al enemigo en su casa, sin necesidad de confrontarlo o de recurrir a la ley, pudo inspirar a estos jóvenes a cometer un acto criminal que en su imaginación es moralmente equivalente a disparar un misil en contra de un sospechoso sin preocuparse del “daño colateral”. Ya lo dijo el mismo Obama poco después del atentado: “Siempre que se usan bombas contra civiles inocentes se trata de un acto de terrorismo”.

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Compasión selectiva

En su conferencia de prensa del pasado 30 de abril Obama declaró respecto de los prisioneros en huelga de hambre en Guantánamo: “No quiero ver morir a estos individuos”, por lo que envió de inmediato refuerzos para continuar con la estrategia de alimentación forzada. Paradójicamente, el presidente que no quiere ver morir a los presuntos terroristas que viven un encierro sin posibilidad de justicia tiene una lista de presuntos terroristas a los que sí quiere ver morir en ataques a control remoto.

Pacto de sangre

El domingo 7 de abril de 2013 The New York Times publicó en primera plana un reportaje de Mark Mazzetti, que coincidía con el lanzamiento de su libro The Way of the Knife,acerca de la manera en que la CIA se ha ido transformando, de ser una agencia de espionaje, en una organización paramilitar. Mazzetti describe el primer asesinato selectivo con drone llevado a cabo en la región tribal paquistaní de Waziristán el 18 de junio de 2004. El blanco fue Nek Muhammad, un líder tribal pashtún aliado al talibán que había confrontado y derrotado de manera humillante al ejército paquistaní. El régimen de Islamabad hizo un pacto con la CIA: la agencia asesinaría a Mohammed, los paquistaníes se adjudicarían el golpe y a cambio la CIA podría operar en esa región con libertad para cazar a sus sospechosos. Muhammad había ayudado a miembros de Al Qaeda que escapaban de Afganistán, pero no era en realidad enemigo de Estados Unidos; no obstante, murió con cinco personas más, incluyendo un niño de diez años y otro de dieciséis, por el impacto de un misil que dejó un cráter de dos metros de diámetro.

En vez de torturarlos…

Mazzetti señala que Paquistán no fue el primer país donde fueron usados los drones para asesinar “terroristas” (debutaron en Yemen en 2002), pero sí se convirtió en el laboratorio donde se experimentó con esta nueva forma de matar que vino a “borrar la línea entre soldados y espías e hizo corto circuito en el mecanismo con el cual Estados Unidos como nación va a la guerra”. La CIA ha estado en el negocio del asesinato político desde su fundación; sin embargo, la agencia cambió dramáticamente al enfocarse en matar sospechosos con drones. En parte la decisión de asesinar a líderes y militantes de Al Qaeda fue una reacción a la catástrofe de relaciones públicas que provocó la revelación en 2004 de los programas de tortura llevados a cabo en “prisiones negras” de la CIA o que eran encargados a los torturadores de otros países. Aunque no cesó la tortura de sospechosos, la CIA comenzó a buscar otras opciones, pues parecía inminente que las revelaciones de atroces violaciones de derechos humanos eventualmente llevarían a los responsables a la cárcel. Además, el gobierno estadounidense no tenía (ni tiene) idea de qué hacer con estos cautivos una vez torturados. Nada parecía mejor opción que simplemente eliminarlos con misiles disparados desde bases militares remotas.

Intervencionismo condicionado

Para Paquistán, aceptar que los estadounidenses bombardearan su territorio fue una vergonzosa renuncia a su soberanía. Sin embargo, supusieron que los misiles a control remoto podrían resolver su problema doméstico con las tribus más desafiantes del gobierno central. Así, el régimen aceptó con la condición de ser informado de cualquier acción (lo cual no se cumplió), que los drones fueran operados de manera secreta por la CIA para que Estados Unidos no tuviera que reconocer su existencia (lo cual cambiaría pronto), y que además deberían mantenerse alejados de “las instalaciones nucleares y de los campos de entrenamiento de los militantes kashmires que preparan ataques contra India”.

Para una guerra sin soldados.

Patética eficiencia

La justificación para el uso de drones es la eliminación “quirúrgica” de líderes enemigos, de “blancos de alto valor” o BAV. La realidad es que desde que se echó a andar este programa se ha asesinado a alrededor de 4 mil 700 personas, y se afirma que trece de ellas eran BAV (un estudio de la Universidad de Nueva York afirma que la eficiencia es del dos por ciento). Es pasmosa la ineficiencia de semejante programa, que también ha costado la vida de cuatro estadounidenses considerados combatientes enemigos, y más si se considera que cada ataque cuesta alrededor de un millón de dólares. De acuerdo con la New America Foundation, entre 18 y 23 por ciento de las víctimas de los ataques en Paquistán no eran militantes, y los que sí lo eran no aparecían en la lista de los terroristas que Obama quiere asesinar. ®