La ceremonia del porno, de Andrés Barba y Javier Montes

Desenterré esta vieja crítica al ensayo ganador del premio Anagrama de 2007

Publicado originalmente en la revista Letras Libres de Enero de 2008

Desde la primera página de La ceremonia del porno, Andrés Barba y Javier Montes ponen en claro que no tienen paciencia alguna para la jovialidad (el humor nervioso, la gracejada y el chiste guarro mediante el que algunos autores intentan aligerar un poco el impacto de las imágenes pornográficas) y que de hecho prefieren “la franqueza de posturas abiertamente hostiles”. Y al llegar el final del libro afirman: “… ya se ha visto que los defensores del porno resultan a menudo mucho más peligrosos que sus detractores a la hora de acercarse a una buena comprensión de la naturaleza de lo pornográfico…”. No puede más que parecer sorpresivo que, para estos autores, la verdadera amenaza cultural no son los censores que abogan por suprimir obras, encarcelar “pervertidos”, prohibir la difusión de materiales, imponer mutilaciones a libros, películas y toda clase de obras de arte, no por motivos estéticos ni de comprensión, sino por dogmas, atavismos y ataduras morales…

Barba y Montes abordan este controvertido tema con un tono que de entrada parece apropiadamente provocador, al intentar poner en evidencia “la falsa invulnerabilidad” del estudioso de la pornografía. Los autores piensan que “es imposible no sentirse perturbado en lo más hondo de uno mismo al ver porno”. Eso hace del género una especie de criptonita académica, una fuerza capaz de desarticular cualquier discurso intelectual por la fuerza del deseo. Esta conjetura es el equivalente moderno al mito del espectador de porno como bestia sexual.

Barba y Montes aseguran que no tratan de analizar los códigos visuales de la imagen pornográfica, ni de deconstruir sustextos, repasar su historia o estudiar su incidencia social. Lo que realmente quieren es ridiculizar los estudios sobre lo porno, por lo que revelan las supuestas “triquiñuelas” de “casi cualquier libro o ensayo acerca del tema”, los cuales, según ellos, inevitablemente pasan por definir el concepto de lo porno y luego se cubren las espaldas al introducir a un imaginario “coro de puritanos y furibundos que servirán de interlocutores”. Pocas líneas después, ellos mismos se lanzan a definir el concepto de lo porno y, en el capítulo “Pornografía y narración”, arrancan cubriéndose, a su vez, las espaldas al exponer supuestas quejas recurrentes de su propio coro de pornófobos.

De Linda Williams, autora de una de las obras seminales (en más de un sentido) del género, Hard Core, Barba y Montes escriben: “… por lúcida y rigurosa que sea su aproximación a lo porno, por higiénica desde un punto de vista intelectual frente a las antiguas contraposiciones pornófilas / pornófobas, no acaba de resultar satisfactoria”. La insatisfacción se debe aparentemente a que los autores perciben “algo forzado en esa franqueza” de Williams. También apuntan que D.H. Lawrence es un “mentecato”, y prometen volver sobre su opúsculoPornografía y obscenidad para explicarse, pero esto no sucede. Y señalan que Walter Kendrick no desarrolló cabalmente una definición de lo porno en relación con el “secreto” en su libro El museo secreto (lo cual es una acusación descabellada, ya que su objetivo era desempantanar la discusión acerca de lo que se entendía como pornográfico en 1967); que Umberto Eco “… no deja tampoco por ello de equivocarse en lo fundamental”; que Baudrillard “acierta en lo circunstancial pero se equivoca en lo esencial”; que Bruckner y Finkielkraut “resumen una opinión muy errónea y muy ampliamente difundida con respecto al cuerpo pornográfico”; que Sontag cae en la misma sinuosidad mental respecto a lo porno de la que más adelante se burla, y que el fotógrafo Eadweard Muybridge “está muy lejos de percibir las consecuencias de su hallazgo”. Estos peregrinos comentarios se van revelando como una auténtica compulsión, una urgencia por abrirse paso a codazos mediante la descalificación y la descontextualización.

Ahora bien, las críticas que hacen a sus fuentes podrían parecer arrogantes y joviales, pero en realidad preocupan, en tanto que pueden verse como fruto de una negligencia desdeñosa y carente de rigor, la cual se manifiesta en una bibliografía incompleta e informal que omite las obras por ellos mencionadas de Jass, Leiris, Allais, Austin, Crisipo o Schelling. Y al hablar de falta de rigor tenemos que señalar lo irritante que resultan las repeticiones, algunas de las cuales es de suponer que responden a motivos retóricos, pero otras simplemente se deben al descuido, como aquella afirmación, por demás incongruente, de que “el cuerpo es el agujero negro” (pp. 127 y 132). Los agujeros negros devoran la materia e incluso la luz y no “proporcionan información alguna sobre lo no visible que queda más allá del cuerpo”. Las repeticiones quizás se pueden atribuir también al hecho de que dos mentes trabajen el mismo libro, y tal vez ésa sea la causa de que se incurra en ciertas contradicciones que podrían parecer graves, como por ejemplo que los autores afirmen que “ver porno es fácil” (p. 17), mientras que en la página diecinueve señalan que “el porno es enormemente exigente con su usuario. Quizás el más exigente de los géneros que le tientan y a los que pueda aproximarse”. ¿O será que, en vez de contradicciones, lo que tenemos son ejercicios dialécticos, y estamos ante un debate y no un ensayo?

La actitud francotiradora de los autores puede parecer ingeniosa, iconoclasta y por momentos divertida, pero finalmente La ceremonia del porno desilusiona: aunque da atisbos de verdadera originalidad, derrocha pretensiones.

Advertisements

Tragedias y tierras prometidas

St_Georges_Church_Lydda

Ocupación e intimidación 

Una de las aportaciones más relevantes para entender la historia del conflicto árabe –israelí es el libro recientemente publicado, Mi tierra prometida, del periodista del diario Haaretz, Ari Shavit. Una interesante, poderosa y honesta reflexión sin complacencia sobre “El triunfo y la tragedia de Israel”, capaz de provocar reacciones encontradas en cualquiera, independientemente de su posición al respecto del estado de Israel. La minuciosa reflexión de Shavit comienza con el viaje de su bisabuelo, Herbert Bentwich, a Palestina en 1897 en una misión para el fundador del sionismo, Theodor Herzl, quien evaluaba las posibilidades de crear un estado judío y la necesidad de colonizar a los locales. Era un tiempo de creciente antisemitismo, especialmente en el este europeo, en que se veía con urgencia establecer una patria para los judíos, y eso que ni siquiera era posible imaginar entonces los horrores que vendrían con el nazismo.

Mitos nacionales

Shavit habla de su propio miedo a que Israel fuera destruido en la guerra de los Seis días en junio de 1967, en la del Yom Kippur en octubre de 1973, durante los torpes ataques iraquíes con misiles SCUD en enero 1991 y en los ataques terroristas de marzo de 2002. A pesar de haber salido triunfantes de esas confrontaciones, el autor describe la sensación de vulnerabilidad que se vivía en Israel. Estas amenazas venían a fortalecer mitos nacionales y a crear consenso en torno a la supervivencia de la nación. Sin embargo, la esquizofrenia entre democracia y ocupación poco a poco han logrado mermar esos mitos. Y aunque Israel es poderoso, próspero, “vital, creativo y sensual“, Shavit reconoce que la fe en el futuro que ha caracterizado al espíritu de su país, desde sus triunfos en contra de los ejércitos árabes, parece disiparse. De tal manera la reciente campaña histérica de Benjamin Netanyahu en contra de las presuntas e inexistentes armas nucleares iraníes puede reconocerse como una nueva estrategia propagandista para revivir temores comunes y crear un nuevo sentido de unión nacional en un país profundamente dividido y polarizado. Shavit escribe: “ocupación e intimidación se han convertido en los dos pilares de nuestra condición” (pág. 16). Y reconocer esa dualidad es fundamental para poder establecer cualquier tipo de diálogo. Sólo ver la ocupación y la humillación diaria de los palestinos ofrece una visión tan incompleta como sólo ver la intimidación y el terrorismo.

Un lugar que se llamó LyddaPalestinian_refugees galilee 1948

La revista New Yorker (21 de octubre de 2013) publicó un texto resumido del capítulo más estremecedor del libro de Shavit: “Lydda,1948”, en el cual sintetiza la historia de su patria en la conquista y evacuación de la población árabe de la ciudad del título. Tras varias confrontaciones armadas, el incipiente ejército israelí derrotó a un puñado de árabes, inicialmente murieron “docenas de árabes, incluyendo mujeres, niños y ancianos”, mientras que “El 89 batallón perdió nueve hombres”, apunta Shavit y continua, “Al día siguiente 250 palestinos fueron asesinados en 30 minutos”. Tras la orden de Ben-Gurion de “Depórtenlos” y las instrucciones escritas por Yitzhak Rabin: “Los habitantes de Lydda deberán ser expulsados rápidamente, sin importar su edad”, el 13 de julio de 1948, 35 mil palestinos debieron dejar sus hogares con lo que pudieron cargar. Para Shavit, Lydda es la “caja negra del sionismo”, la puesta en evidencia de que para que existiera esa filosofía tenían que desaparecer las Lyddas de Palestina así como la esperanza de convivencia con los árabes nativos.

A pesar de todo

La narrativa de Shavit es devastadora en el sentido de que son los débiles quienes pagarán con su tierra y su vida los giros de la historia. Se muestra aquí que la Nakba, la tragedia palestina, continua y de la misma manera en que lo ha hecho otro gran autor israelí, David Grossman, pone en evidencia la corrupción y ruina espiritual que implica la ocupación de un pueblo. Mientras Grossman muestra el deterioro cotidiano y la asimilación de la humillación como experiencia diaria, Shavit convierte los episodios históricos en reflexiones filosóficas sobre la naturaleza de su pueblo así como su reflejo en la condición de los palestinos. Shavit se pregunta: ¿Me lavo las manos del sionismo?¿Le doy la espalda al movimiento nacionalista que llevó a cabo la destrucción de Lydda? Y se responde: “No… Yo apoyo a los condenados. Porque de no ser por ellos el estado de Israel no hubiera nacido… la elección es cruel: rechazar al sionismo a causa de Lydda o aceptarlo con todo y Lydda”.